En Madrid, mi ventana era un mirador a la intimidad de los vecinos, a sus conversaciones y a sus programas favoritos de televisión. A un tendedero con las bragas enooormes de la del 5º B (qué buen trasero tenía...) y a un trozo pequeño de cielo por el que, a veces, se asomaba la luna. Ahora, mi ventana tiene vistas a un parque, pero, en ocasiones, quisiera poder elegir, como antes, entre cielo y cotilleo o entre cuarto menguante y crecientes (o ya crecidas) prendas de ropa interior.